Los Doors fueron una banda de rock diferente. Nacieron en Los Angeles,
en los ’60, cuando los jóvenes tomaban las calles para repudiar la
guerra en Vietnam, denunciar la sociedad de consumo y reivindicar las
libertades individuales. Su líder, James Douglas (Jim) Morrison, vio un
poco más allá. Con un padre militar, supo de una existencia nómada, del
imán del camino del que hablaba Jack Kerouac. Desde chico lo atrajo el
blues, la filosofía de Nietzsche y los escritos de Blake, Rimbaud y
Céline. También estudió cine, pero lo atraparon dos pasiones
excluyentes: la poesía y la música. Sus letras capturaron con
sofisticación y elegancia el horror y la fascinación de la urbe que
cobija a los desplazados del Gran Sueño Americano. Junto a tres músicos
excelentes que navegaban sin esfuezo la potencia del rock, la
plasticidad del jazz y la oscura cadencia del blues, Morrison forzó
constantemente los límites del recital de rock convencional.
Azuzó
a los fans de mil modos, desafiando sus condicionamientos. El quemar
los puentes de la correción política rockera tuvo su precio: a fines de
1970, jaqueados por un juicio por supuesta exposición obscena de su
cantante y casi ignorados por una prensa especializada que tardó en
comprender la relevancia de la banda, los Doors se recluyeron en el
sótano de su oficina/cuartel general para grabar el que sería su último
álbum con Morrison, muerto en París apenas siete meses más tarde, en
circunstancias misteriosas.
L. A. Woman es un álbum extremo. Hay una sensación de ahora o nunca, que transpira cada uno de sus surcos, desde The Changeling
, la historia de un personaje que parece estar en todas partes como el
propio Morrison: en las afueras de la ciudad y en el centro, forrado de
dinero y también sin un cobre. En el folclore fantástico, este
“cambiadizo” era una criatura que podía ser cambiada por un recién
nacido, por espíritus maléficos y esa escalofriante posibilidad asoma en
la voz de Jim.
L.A. Woman es un álbum apasionado. Desborda en el amor obsesivo de Love Her Madly y en el lamento machacante del preso abandonado a su mala suerte de Been Down So Long
, un nuevo ejemplo de la devoción de Morrison por el blues. Se percibe
en las tensas figuras de las guitarras de Robbie Krieger, en los
arabescos que traza Ray Manzarek en sus teclados y en el infatigable
beat de John Densmore.
L. A. Woman es un film noir hecho disco. Evidencias: el sinuoso erotismo del Crawling King Snake , (John Lee Hooker); el ambiente de madrugada húmeda, con luces de autos que entran por la ventana, de Cars Hiss By my Window . Y el final con Riders on the Storm
: 7 minutos con efectos de lluvia torrencial y truenos. Cascadas de
piano eléctrico, percusión hipnótica, guitarra trémula y un asesino
suelto en algún lado del camino.
L.A. Woman es un álbum épico. Con la plácida melancolía de Hyacinth house , el viaje exótico de L’America y los recuerdos de infancia de Morrison, escuchando rock en la radio ( The WASP-Texas Radio and the Big Beat
). Y, claro, el tema que le da título al disco, una excursión musical
por los cambiantes paisajes de una ciudad que, en verdad, son muchas. El
Los Angeles que Morrison conoció tan bién, con sus autopistas, sus
playas, sus bares y su azarosa vida nocturna. Todo resumido en esa
aliteración de “emes” que suelta el cantante en medio del tema: motel, money, murder, madness (motel, dinero, asesinato, locura…


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